Día 2 – 26 de septiembre

En esta segunda audiencia estaba prevista la declaración de varios policías, entre ellos los dos oficiales de la comisaría 35ª que, en la madrugada del domingo 21 de abril de 1991, hicieron firmar a Víctor Bulacio un acta en la que dejaban constancia que “en ese acto le hacían entrega del menor”, cuando el pibe estaba en la unidad de terapia intensiva del hospital Pirovano desde hacía más de 13 horas. También estaban citados el ex jefe de la PFA Jorge Passero y el ex subcomisario de la 35ª Alberto Muiños, además del ex camarista criminal Carlos Elbert, autor de la revocación de la prisión preventiva y del sobreseimiento de Espósito en 1992, lo que fue revertido dos años después gracias al recurso de queja ante la Corte Suprema interpuesto por la querella.

Al inicio de la audiencia, los compañeros de CORREPI que representan a la mamá de Walter anticiparon que no formularían preguntas a los policías que estuvieron imputados por distintos delitos en esta causa, y que deberían estar sentados junto a Espósito como acusados.

El primero en llegar fue Juan Antonio Tossi, que era oficial principal en 1991, pero se retiró como subcomisario en 1998, uno de los que intervino en la fraguada “entrega” de Walter a su papá. El hombre llegó rengueando, y explicó que hace poco, haciendo unos arreglos, se cayó del techo de su casa, en Mar del Plata.

Cuando el fiscal le pidió que relatara lo que recordase de su paso por la comisaría 35ª y en particular su intervención en relación a Walter, dijo: “No sé por qué me citaron acá, no tengo presente la situación. Mis recuerdos de mi actividad anterior son muy vagos, no recuerdo nada de mi carrera. No puedo precisar la razón, no sé si es por la caída del techo de la casa, por el paso del tiempo, o por las migrañas que sufro. Como no soy facultativo no puedo determinarlo. Cada vez me pasa más a menudo. Recuerdo algo de haber estado en la comisaría 35ª, pero no sé quién es Bulacio”.

El fiscal y los jueces hicieron un esfuerzo por interrogarlo, pero rápidamente desistieron, y pasamos al siguiente, el comisario inspector Ricardo Liseri, también retirado, que era el otro oficial principal de la 35ª, y fue el jefe de servicio el 20 de abril desde media tarde.

Contó que el jefe de servicio del turno anterior le informó que “el día anterior habían concurrido menores a la dependencia, y uno de ellos había sufrido un desmayo, por lo que estaba en un nosocomio de la zona, y ya se había localizado a sus familiares”.

“¿Qué quiere decir que habían ‘concurrido’ a la comisaría?”, preguntó el fiscal Fornaciari. “Bueno, estaban demorados porque se encontraban alejados de la vista de los padres, eso era una contravención”, contestó el comisario mayor. Tras un largo interrogatorio por parte del fiscal sobre el modo de proceder en caso de chicos detenidos de menos de 18 años, que dejó claro que cada policía interpreta las normas y actúa como se le ocurre sin que nadie –ni sus superiores, ni los jueces ni el poder político- lo objete, lo que empezó a quedar en evidencia fue el susto que tenía el testigo, que empezó a eludir respuestas concretas a medida que las preguntas se acercaban más y más a los temas sensibles de la causa.

Insistió una y otra vez en que ya habían localizado a la familia de Walter cuando él llegó a la comisaría, y se lavó las manos olímpicamente, jurando y recontra jurando que no tuvo contacto con el padre ni la madre de Walter, cuando consta en los libros de la comisaría que fue uno de los que los atendió.

El tercero fue el hoy comisario mayor retirado Alberto César Muiños, ex subcomisario de la 35ª y abogado. Contó su intervención como jefe del dispositivo organizado en Obras, que supervisó desde el primer piso del club, lugar que dejó cuando el comisario Espósito lo mandó llamar en el momento en que detenía a los clientes del bar Heraldo Yes, enfrente del estadio. Dijo que no sabía por qué se detuvo a esas personas, que estaban dentro de la confitería sentados a las mesas, porque “cuando llegué ya estaban detenidos, y yo no le puedo preguntar a mi superior”, aunque supuso que fue “para evitar el consumo de bebidas alcohólicas, para que no llegaran alcoholizados al recital, porque el año anterior con ese grupo fue un lío”. Vale recordar que los detenidos en el bar eran todos mayores de edad, y en ningún caso se hizo test de alcoholimetría ni se labraron actuaciones contravencionales.

A continuación, no hubo forma de sacarle mucho más. “Volví a la comisaría, recogí mis partencias y me fui”. Hubo, sin embargo algunas perlitas. Por ejemplo, cuando los jueces intentaron que explicara el criterio con que se hicieron las detenciones, puso como ejemplo “un hombre grande, que no condecía con la edad del público de la banda, seguro que andaba vendiendo drogas” y explicó que es habitual “remitir a la comisaría a un chico si está pidiendo limosna o abriendo puertas de taxis”.

Curiosa fue la presencia del ex camarista de la Sala VIª del crimen Carlos Elbert, que vino como testigo de la defensa, pero, cuando dijo que no supo nunca del Memo 40 hasta que le llegó esta causa, terminó discutiendo con el abogado de Espósito. “Yo creía que Ud. me citó para ayudar en la defensa, pero me está haciendo cargos como si fuera el fiscal”, se quejó el Dr. Elbert. El Dr. Argibay Molina respondió algo de una “conspiración judicial” contra el pobre comisario y no hizo más preguntas.

El cierre de la audiencia estuvo a cargo de uno de los principales imputados por la querella en la causa, el ex jefe de la PFA, Comisario General retirado Jorge Luis Passero. De entrada se quiso despegar: “Conozco a Espósito sólo de vista y de nombre”. Después, contó una de cowboys, que según él fue la información que recibió de sus ayudantes: “Había un recital de rock, se colmó la capacidad del club Obras y no permitieron más la entrada. Hubo bullicio y protestas, lo que trajo aparejado que los vecinos llamaran a la comisaría porque molestaban. Uno de los oficiales jefes de la 35ª se constituyó en el lugar y los invitó a que se retiraran, una parte acató, otra parte no, por eso se ordenó la remisión de todos a la comisaría. Después, cuando estaba en una sala conversando con otro chico que no sé si se conocían de antes o se habían hecho amigos ahí, Bulacio se desmayó y se cayó, por eso pidieron médico y lo internaron”.

El malambo empezó con las preguntas del fiscal Fornaciari sobre el Memo 106, que el 2 de mayo de 1991, es decir, a menos de una semana de la muerte de Walter, dictó el propio Passero, donde se refirió a “algunos de los errores más comunes” cometidos por la policía en el trato de menores y admitió que el “mal llamado” libro Memo 40 era para otro tipo de situaciones, como el hallazgo de cosas perdidas. El ex comisario general perdió por completo la memoria cuando le leyeron un párrafo de este memorando de su autoría, que decía que “excepcionalmente el jefe de la dependencia podrá disponer la intervención oficiosa, siempre que no se presuponga la situación de abandono o desamparo del menor y no exista una necesidad real y objetiva de sustanciar actuaciones”. Es decir, lo mismo que el Memo 40, pero redactado más confuso.

Él también quiso resolver la falta de explicación con un ejemplo, y dijo que el Memo 40 se aplicaba, por ejemplo, “si un pibe de 15 años se perdía, y recurría a la comisaría porque no sabía cómo volver a su casa”. Pero resulta que Walter no se metió solito a la comisaría, para que le dijeran qué se tomaba para volver a Bonzi…

El juicio sigue el próximo lunes 30, a las 11 de la mañana, con más ¿declaraciones? de funcionarios policiales y judiciales.

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